martes, 28 de junio de 2016

Epifanía reflexiva #1: El desencanto universitario

La UNIVERSIDAD

Ese lugar y entidad tan maravillosa que sale en las películas americanas representada como el paraíso para todo joven que busque tanto el conocimiento, como la fiesta. Edificios monumentales, clubes de todo tipo, instalaciones equipadas y modernas...

Y luego está la Universidad Pablo de Olavide...

...perdida en lo más profundo de Mordor el campo, rodeada verde (y en las épocas secas, no tan verde), habitada permanentemente por gatos salvajes, y muy lejana de tener una construcción arquitectónica que te deje con la boca abierta. No obstante, todo sea dicho: la ubicación, y la belleza estética de la UPO no son el motivo de mi queja, simplemente trataba de ubicaros en mi ámbito de estudio. De hecho, tiene bastantes instalaciones deportivas, están todas las facultades y administraciones juntas, y las aulas están equipadas con aire acondicionado y proyectores, lo cual no está nada mal, aunque a veces el aire no funcione, los altavoces te dejen sordo con el ruido que emiten, o se te quede el culo plano debido a la "comodidad" de los asientos. 

¡Oh, se me olvidaba! Otras dos cosas que me gustan mucho (lo digo en serio) son las choco bom de las máquinas expendedoras (son deliciosas y difíciles de encontrar) y los gorriones que pululan por el interior de la biblioteca. Son taaaaan adorables... y te hacen sentir en un entorno de naturaleza cuando estudias.











Fuera de bromas, lo que son los establecimientos de la UPO, me gustan. No están mal. Sí, sé que podrían estar mejor, pero las universidades, al igual que la vida, no son como las películas. Y como es la que me ha tocado, la acepto tal y como es (¿A que soy buena persona?).

El asunto frustrante viene a raíz de las expectativas que nuestra mente crea de la Universidad cuando aún estamos en Bachillerato, en unas circunstancias en la que la mayor parte de los alumnos no tienen interés por aprender y muchas de las asignaturas nos traen sin cuidado. Pensamos que la Universidad será el cambio, que todos los profesores estarán perfectamente formados, que estudiaremos lo que más nos gusta, que aprenderemos cosas útiles, y que seremos felices para siempre en el universo de la sabiduría.

Os contaré un secretito...
ESO ES MENTIRA. 

Al igual que el instituto, la universidad es un sistema que está repleto de fallos. Podríamos empezar por un plan de estudios de un doble grado (Humanidades con Traducción e interpretación de inglés) que obliga al alumnado a estudiar unas asignaturas casi iguales, en lugar de impartir otras básicas para su formación. Seguiríamos con unas asignaturas que resultan ser todo lo contrario a lo que inicialmente ofrecen, y terminaríamos con unos profesores que no solo no motivan al alumnado (de hecho eso es lo menos alarmante), sino que también brillan por su ausencia y posteriormente no se preocupan por suplir las carencias en alumnos que ellos han causado, que son incapaces de trasmitir adecuadamente sus conocimientos, o que, simplemente, no saben manejar las herramientas básicas para impartir las lecciones.

El desencanto universitario, la desilusión al descubrir que uno de tus mayores entusiasmos no es para nada lo que esperabas, la sensación de que realmente no se aprende en profundidad, nace a raíz de toda esta mediocridad. Progresivamente surgió en mí un dilema que sufren muchos universitarios, no solo de mi carrera:
¿Qué hago yo aquí? 
¿Tendría que haber escogido otro grado? 
¿Quizás otra universidad? 
¿Haberme metido un módulo de peluquería? (Esta siempre me la planteo de broma, soy nefasta con la estética y posiblemente dejaría calvos a mis clientes) 
¿Supondrían todos estos cambios que no me topase con los desengaños anteriores?

La respuesta a estos interrogantes es tan ambigua que no resuelve ninguna duda. Porque el cambio no tiene porqué suponer una tremenda mejora. Porque puede que me encuentre lo mismo en cualquier otro lugar, y porque me quedan unos tres años de carrera (siendo positivos) en los que puede que este estado de confusión desaparezca y recupere la ilusión. (Porque, después de dos años, yo termino este doble grado como que me llamo Estefanía). 

Porque, para qué mentir, no todo ha sido un desastre estos dos años. He cursado asignaturas que han despertado mi interés y me han hecho sentir que adquiero nociones importantes. He tenido profesores que, en este monótono panorama han destacado y brillado por su personalidad y sus métodos de enseñanza. He compartido experiencias con unos geniales compañeros de clase que jamás habría imaginado que tendría.  Y porque este desengaño me ha servido para interiorizar una vocación que, para quién conozca a mis padres, puede resultar bastante obvia: la enseñanza.

Siento emoción por compartir conocimiento, por conocer a gente interesada en aprender (y lidiar con aquellos no interesados y tratar de convencerlos de porqué aprender es interesante), y por convertirme en un faro de luz dentro de un mar de mediocridad, al igual que determinados profesores lo han sido para mí. (Admito que paciencia para niños y adolescentes no tengo, así que solo me quedaría la opción de enfrentarme a jóvenes rebeldes que como yo, solo hacen quejarse).

Espero que cuando llegue el momento de convertirme en profesora (por ahora, la opción que se alza más tangible ante mí), algunos de estos errores hayan desaparecido, y a su vez, que yo pueda aportar mi pequeño granito de arena para que la educación vaya a mejor.

Limitándonos al presente, sí que tengo una cosa muy clara: mis ganas por aprender no se verán frenadas por ninguna etapa de desencanto. Sé, que al igual que mis compañeros, lograré formarme profesionalmente y ser buena en lo que me gusta.

Porque todo es cuestión de proponérselo, y luchar por conseguirlo. 

El otro día, pululando por Facebook, me encontré con una columna de El País bastante relacionada con este asunto. Atentos al último párrafo. 

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